Sandra Molina Mata – 17 Kg


Siempre había sido muy delgada, durante mi infancia y adolescencia prácticamente podía comer de todo y no subía de peso…pero también hacía mucho ejercicio. Todo cambió después de que me casé y años después tuve un embarazo de alto riesgo, perdí la costumbre de hacer ejercicio, pero seguí comiendo igual: por antojo, la verdad es que nunca aprendí a comer bien, además por mi trabajo y ritmo de vida mi familia y yo comíamos fuera prácticamente todos los días.

Fue así como empecé a subir de peso, poco a poco fui aumentando de talla. Al principio no me preocupé seguía encontrando algunas prendas que me gustaban y me quedaban, pero en este año todo cambió. Me fui a probar ropa, quería un vestido para un evento y no se me veía bien (por no decir que ni siquiera había de mi talla) , además empecé a notar que tenía dolores de cabeza casi diario, siempre tenía sueño y estaba cansada, me dolían las piernas y me sofocaba al subir las escaleras. Me sentí triste y pensé que sería “la edad” y el trabajo; que como me acercaba a los 40 años, todas esas molestias eran “normales”.

Mi situación era: gastaba mucho en comida (comer y desayunar fuera más todos los antojos extras) y mi familia y yo no estábamos bien alimentados. Me sentía atrapada y en realidad no sabía que hacer, me asustaba tener que dejar de comer o comer poco (lo que había oído de las dietas que hacían conocidas mías me aterraba: “Tómate un licuado de avena con agua para desayunar y ya”). Un día fui a tomar café con una amiga y me contó que había iniciado un programa en Jennylight, me explicó que la asesoraban y que además le daban sus menús y la comida (para mí que no tengo tiempo de cocinar, eso lo resolvía todo)

Me contó que no había dejado de comer, ni pan, ni tortilla, ni pastas y que, aunque llevaba poco tiempo ya veía cambios y se sentía mejor. Eso me animó para integrarme al programa yo también. Comencé a ver cambios desde el primer mes, sobre todo en mi salud. Los dolores de cabeza y la somnolencia después de comer se fueron; y un buen día noté que ya podía subir y bajar escaleras sin sofocarme. Podía correr con mi hijo y ya no me sentía cansada todo el tiempo. Era como si me hubiera quitado diez años de encima. Poco a poco mi ropa me empezó a quedar grande y ahora podía elegir la ropa que realmente quería usar, sin estar pensando en “que ponerme para verme un poco más delgada” o como ocultar un poco las lonjitas y la panza.

Hoy puedo usar la ropa que me gusta, me siento mejor que nunca (con más energía y sin dolores ni molestias) y he aprendido a comer bien no a “hacer dieta”, eso ayuda también a mi familia, los tres nos alimentamos mejor y estamos más saludables.  Todo ha implicado un cambio en nuestro estilo de vida, pero definitivamente ha sido para bien y ha valido la pena.

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